Aún estamos en octubre, pero las bolas y los bombos de la Lotería de Navidad ya empiezan a prepararse, los niños de San Ildefonso llevan semanas calentado la voz para su gran momento, y el guion del tan esperado anuncio de cada año, ya estará a punto de convertirse en un emotivo y pequeño corto, que hará llorar a más de uno.

Estamos ante una tradición de más de 200 años, cuyo origen data, nada más y nada menos, de la época de Las Cortes de Cádiz. El 18 de diciembre de 1812 Ciriaco González Carvajal, ministro de las Cámaras de Indias, decidió celebrar el primer sorteo de la denominada “Lotería Moderna”, con el fin de engrosar las arcas públicas sin deteriorar la capacidad económica de los contribuyentes y, sobre todo, sin la mala publicidad que acompañaría a una subida de impuestos.

Nos guste o no –inexplicablemente hay gente a quién no–, la Lotería de Navidad sigue siendo una de las tradiciones más arraigadas y compartidas por los españoles en el mes de diciembre. Una tradición en la que, de una forma o de otra, todos acabamos cayendo, aunque solo sea por evitar ese terrible pensamiento de que “como les toque a todos y a mí no, ME MUERO”. Y, sin darte cuenta, te descubres a ti mismo el día del sorteo con todo un fajo entre décimos, participaciones, papeletas: que si el número del trabajo, que si el número de la charcutería, el del bar Manolo, el del gimnasio, el que jugáis los primos, el que te trae tu cuñado del pueblo, el de ese viaje que hiciste porque de los viajes siempre hay que traerse lotería…SOCORRO, ¡pero si a mí no me gusta jugar!

Aún recuerdo cuando era pequeña y el día 22 ya estaba de vacaciones. Mis padres dejaban la tele puesta y durante toda la mañana se oía de fondo a los niños cantando, los quintos premios, las pedreas o algún tercer premio. Y así transcurría la mañana, hasta que de pronto, las vocecillas nerviosas experimentaban una subida apoteósica y anunciaban el número ganador… “¡¡¡¡¡300 millones de peseeetaaaaaaaaas!!!!!”.

Entonces empezaba el murmullo generalizado entre los asistentes, y minutos después, ya en las noticias, imágenes de los afortunados celebrando con cava y matasuegras, historias y anécdotas personales, y muchas caras de felicidad. Sin duda, uno de los telediarios más bonitos del año es el del día 22 de diciembre.

Yo realmente creo que cada año me va a tocar. Pero lo creo de verdad, totalmente convencida. Por eso, la decepción y el enfado al ver que no, que este año tampoco, son de otro planeta. Toda la mañana nerviosa y emocionada, y toda la tarde desilusionada y cabreada.

Me juro entonces que no vuelvo a jugar, pero lo que acabo de relatar sigue ocurriendo cada año. Y a pesar de ello, me sigue mereciendo la pena ilusionarme, porque lo precede al Sorteo de Navidad, es casi más valioso que el propio premio -he dicho casi-. Este año volveré a jugar, porque ya lo advierten ellos mismos “el mayor premio es compartirlo”, pero no solo compartir el Gordo, sino compartir esos momentos previos de unión, de emoción y de nervios, pensando durante unos días ¡que nos vamos a forrar!