No se me ocurre nada más personal que recordar a mi padre, quien, este mes de octubre, hace un año que me dejó.

Sigo recordando cada día sus muecas haciéndose el gracioso en el espejo del ascensor y nuestros encubrimientos mutuos cuando nos poníamos a comer chocolate, las pelis y series que vimos juntos en el salón y todos nuestros momentos cómplices, porque nos entendíamos mejor que nadie.

Echo de menos sus continuos consejos sobre los aspectos realmente importantes de mi vida y su tremenda preocupación por lo desastre que soy a veces. A pesar de todo, sé que estaría muy orgulloso de mí y de cómo he conseguido seguir adelante con fuerza y alegría, en vez de con tristeza, sintiéndole aquí conmigo.

Estoy segura de que, para ello, ha sido imprescindible el continuo e incondicional apoyo que me brindó durante los 27 años que estuvo a mi lado. Ese apoyo incondicional, aunque ni siquiera entendiera lo que yo perseguía, que me dejaba con la conciencia tranquila porque sabía que él aprobaba lo que estaba haciendo, incluso sin compartirlo.

Precisamente en este trabajo se lidia a menudo con situaciones en las que los padres se ven privados del contacto con sus hijas, sin motivo, injustamente y a menudo por culpa del dinero. No saben el daño que se hace a las hijas al privarles del contacto con sus padres, del cariño diario, de los consejos importantes y de las conversaciones triviales y, en definitiva, de la gran figura paterna que tan importante es, especialmente, para las niñas.

He experimentado en primera persona lo que es tener a un padre bueno y dispuesto a dar todo por sus hijos y lo impagable que es ese apoyo y amor incondicional, que se quedan para siempre. Por eso, desde aquí, animo a todos los padres a que sigan luchando por tener una relación sana, cercana y próxima con sus hijas, para que ellas sientan que, aunque no puedan verse cada día, tienen a un gran padre a su lado.